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Salud y Ciencia

Descubrimientos6 min de lectura

Crece un 21 % más rápido: el hongo negro de Chernóbil en el espacio

El hongo negro de Chernóbil Cladosporium sphaerospermum creció un 21 % más rápido en la Estación Espacial y atenuó parte de la radiación bajo su biomasa.

Revisión editorial

Revisado por el equipo de revisión de Salud y Ciencia.

Fechas

Publicado
Placa de Petri dentro de un contenedor sellado con colonias oscuras de hongo melanizado y un sensor de radiación bajo la placa.
Placa de Petri dentro de un contenedor sellado con colonias oscuras de hongo melanizado y un sensor de radiación bajo la placa.

En resumen4 claves

  1. 01Un cultivo de Cladosporium sphaerospermum a bordo de la ISS creció un 21 % más rápido que el control en suelo.
  2. 02Bajo la biomasa del hongo se midió una atenuación de la radiación cósmica frente al control sin crecimiento.
  3. 03En Chernóbil hay al menos 12 especies de hongos negros que medran sobre las paredes del reactor 4 y otros puntos calientes.
  4. 04El hallazgo no es una terapia para personas: es biología básica con aplicaciones todavía por explorar.

Crece un 21 % más rápido: el hongo negro de Chernóbil en el espacio

Un cultivo del moho negro Cladosporium sphaerospermum, aislado originalmente de Chernóbil, creció un 21 % más rápido a bordo de la Estación Espacial Internacional que su gemelo en tierra y, al mismo tiempo, atenuó parte de la radiación bajo su biomasa. Es la primera medición cuantitativa publicada del fenómeno que los libros de texto llaman radiotropismo y que la prensa lleva años exagerando: el hongo no «come» rayos gamma como si fueran espaguetis, pero sí parece usarlos para algo.

El hallazgo llegó en 2022, en un experimento de la Universidad de Stanford y el Jet Propulsion Laboratory de la NASA publicado en Frontiers in Microbiology. Los autores son claros con lo que midieron y con lo que no midieron: hay una ventaja de crecimiento y un apantallamiento detectables, pero el mecanismo exacto sigue siendo una hipótesis.

Qué se sabe del hongo

Cladosporium sphaerospermum es un moho cosmopolita: vive en paredes, comida, polvo doméstico y aire. Lo respiras a diario en pequeñas dosis. Lo que tiene de especial es su pigmento: una forma de melanina similar a la que da color a tu piel o a la tinta del calamar, pero en versión fúngica dHMel (la forma DHN-melanina que estos mohos fabrican en su pared celular). No es el único hongo con habilidades sorprendentes: otros mohos como los del género Ophiocordyceps manipulan hormigas desde los músculos y Massospora cicadina mete catinona y psilocibina en cigarras periódicas.

Esa melanina es la candidata a explicar por qué este hongo y otros parientes suyos medran en lugares donde casi todo muere: las paredes del reactor 4 de Chernóbil, los restos de grafito del sarcófago, los residuos de Fukushima, los suelos ricos en uranio. Una revisión de 2022 en Scientific Reports confirmó que la exposición a rayos gamma y a luz ultravioleta cambia la pigmentación de estos hongos, aunque no acelera su crecimiento en tierra. La hipótesis es que la melanina les ayuda a aguantar, pero la causalidad última no está cerrada. Esa misma lógica de proteger el ADN cuando el entorno es hostil es la que guía a la proteína que protege el ADN del animal más resistente del planeta, el tardígrado.

Cómo se hizo el experimento en la ISS

El equipo metió una placa con Cladosporium sphaerospermum dentro de un contenedor sellado a bordo de la Estación Espacial, con un sensor de radiación debajo. Como control, otro contenedor idéntico sin hongo. Mismo tipo de placa, misma posición orbital, mismo período de medición.

Tras varios ciclos de crecimiento midieron dos cosas: la biomasa del hongo y la dosis de radiación registrada bajo la placa. El hongo creció un 21 % más rápido que en el control terrestre (1,21 ± 0,37 veces). Bajo su biomasa, el sensor registró una atenuación de la radiación cósmica frente al control vacío. La diferencia fue suficiente para que los autores hablaran de «un material vivo con potencial de blindaje».

Por qué la melanina importa

La melanina es un pigmento que atrapa electrones y los reordena. En tu piel hace eso mismo: convierte la energía ultravioleta en calor y señales químicas para reparar el ADN. Otra vía paralela, blindar el ADN humano desde fuera con la proteína del tardígrado que protege al ADN humano de los rayos X, apunta al mismo objetivo por una ruta distinta. En estos hongos, la hipótesis es que la melanina absorbe fotones y electrones de alta energía (los rayos gamma ionizan la materia al pasar) y los usa para procesos redox dentro de la célula, como si fuera una fotosíntesis a la inversa que funciona con rayos gamma en lugar de luz visible.

Un trabajo de 2020 en PLOS ONE probó dos arreglos posibles de la melanina para blindaje: una película fina y una colección de microesferas huecas. La película, sola, no apantalla mejor que la celulosa. Las microesferas, en simulación, sí mejoran el rendimiento. Eso sugiere que la geometría del pigmento importa tanto como su composición.

La pista se completó con otro experimento en la ISS, esta vez con dos hongos negros antárticos (Cryomyces antarcticus y C. minteri) expuestos 1,5 años al exterior de la estación: sobrevivieron a vacío, ciclos térmicos extremos y radiación solar directa. Su ADN se mantuvo detectable por PCR, aunque con daños en el hongo de pared más fina. La pared celular gruesa y muy melanizada es la que aguanta.

Chernóbil como banco de pruebas

La zona de exclusión de Chernóbil, donde el reactor 4 estalló en 1986, es un laboratorio natural de 2.600 km². En sus paredes calientes se han descrito varias especies de hongos negros (Cladosporium, Alternaria, Wangiella, Cryptococcus, Aureobasidium) que viven literalmente sobre uranio y cesio radiactivos. Un estudio ucraniano de 2015 sobre cepas de Cladosporium sphaerospermum y Alternaria alternata aisladas del «Shelter object» (el sarcófago del reactor) observó que algunas cepas procedentes de los puntos más contaminados figuraban entre las más resistentes a la radiación beta, aunque no todas las cepas contaminadas superaban a las limpias: era una respuesta variable según aislado y especie.

El patrón general, con matices: a mayor contaminación del origen, mayor probabilidad de que la colonia sea resistente. Es plasticidad evolutiva observada, no una regla matemática, y comparte el mismo tipo de respuesta que describe por qué los animales grandes no tienen más cáncer, la paradoja de Peto.

Qué no sabemos (todavía)

Aunque la hipótesis de la melanina-convertidora-de-radiación es razonable, faltan piezas clave:

  • No se ha medido directamente un rendimiento energético del hongo alimentado solo por rayos gamma, sin carbono orgánico. El experimento de la ISS llevaba nutrientes; no era una «cultura pura de energía».
  • No se entiende bien el ciclo redox exacto dentro de la melanina fúngica ni si los electrones liberados alimentan metabolismo celular.
  • No hay datos sobre toxicidad crónica del pigmento en tejidos humanos a largo plazo, aunque hay derivados de melanina en cosmética y farmacia con buen historial.
  • El crecimiento un 21 % más rápido en el espacio tiene un intervalo de error de ±0,37, lo que deja abierta la puerta al «podría ser ruido estadístico». Los autores lo llaman «posible respuesta radioadaptativa», no prueba.

«Podría indicar una respuesta radioadaptativa a la radiación espacial.» Autores del estudio de 2022 en Frontiers in Microbiology.

Por qué este hallazgo no cura el cáncer ni blinda a los astronautas mañana

Cada cierto tiempo aparece un titular que dice que este hongo «bloquea la radiación» o «alimenta a los astronautas». La realidad que miden los papers es más modesta: una atenuación parcial y un pigmento con propiedades electroquímicas interesantes. Para llegar a un escudo biológico de verdad hacen falta capas gruesas (varios milímetros), control del crecimiento y certificaciones de seguridad que hoy no existen.

Tampoco hay base para extrapolar a la piel humana. La melanina de tu epidermis ya hace algo parecido con el sol, y el salto a usar melanina de hongo como suplemento o crema no se ha probado en ensayos clínicos. Cualquier uso cosmético o terapéutico de este trabajo es, hoy, ciencia-ficción de laboratorio.

Qué puede salir de aquí

La vía que los propios autores defienden es la de biomateriales: cultivar el hongo en geometrías concretas (capas finas, microesferas, espumas) y estudiar si funcionan como parte de un blindaje compuesto. Una simulación Monte Carlo de 2020 ya apunta a que la disposición del pigmento cambia mucho el resultado.

La otra vía es la búsqueda de fármacos que imiten ese comportamiento redox: pequeñas moléculas que, como la melanina del hongo, atrapen electrones libres generados por la radiación y los conviertan en algo inofensivo. Ese campo, llamado radioprotección farmacológica, ya busca compuestos para pacientes de radioterapia, pero los candidatos serios no vienen de Chernóbil.

Criterio de cierre

Si te encuentras con un titular que dice «el hongo de Chernóbil cura el cáncer» o «blinda a los astronautas», mira dos cosas: si el experimento se hizo en personas o en placas de Petri, y si el crecimiento medido tiene intervalo de error. Si lo que se midió fue biomasa fúngica y no supervivencia humana, el titular es ciencia ficción, no ciencia. El hongo existe, el experimento existe, el efecto medido es real, pero la distancia entre una placa de Petri en la ISS y una pastilla para personas sigue siendo enorme.

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Fuentes

5 referencias
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  5. [5]

Preguntas frecuentes

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¿Qué es Cladosporium sphaerospermum?
Es un moho negro cosmopolita del género Cladosporium, presente en paredes, polvo doméstico y aire. En el experimento de 2022 a bordo de la ISS se usó la cepa ATCC 11289, aislada originalmente en Chernóbil.
¿Cómo se hizo el experimento en la ISS?
Se metió una placa con el hongo dentro de un contenedor sellado a bordo de la Estación Espacial, con un sensor de radiación debajo. Como control se usó un contenedor idéntico sin hongo. Tras varios ciclos se midieron biomasa y dosis de radiación bajo la placa.
¿El hongo «come» la radiación?
No, en sentido literal. El experimento midió un 21 % más de crecimiento que en el control terrestre y una atenuación parcial de la radiación bajo la biomasa. Que esa energía se use para algo metabólico sigue siendo una hipótesis por demostrar.
¿Sirve para proteger a astronautas o tratar el cáncer?
Hoy, no. La atenuación medida es modesta, haría falta cultivar capas gruesas del hongo en geometrías concretas y no se ha probado en personas. La prensa a veces presenta estos resultados como terapia o blindaje; los propios autores los llaman «posible respuesta radioadaptativa», no prueba.

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