Saltar al contenido
Salud y Ciencia

Descubrimientos5 min de lectura

El oso polar no tiene proteínas anticongelantes: cómo se las apaña

La sangre del oso polar no lleva proteínas anticongelantes: ese invento lo tienen los peces antárticos. El oso usa grasa, pelaje óptico y un genoma rehecho.

Revisión editorial

Revisado por el equipo de revisión de Salud y Ciencia.

Fechas

Publicado
Mano anónima sosteniendo un cubito de hielo transparente sobre un vaso con gotas de condensación
Mano anónima sosteniendo un cubito de hielo transparente sobre un vaso con gotas de condensación

En resumen5 claves

  1. 01La sangre del oso polar no contiene proteínas anticongelantes: esa capacidad solo se ha demostrado en peces antárticos (nototénidos) y en algunos insectos, no en mamíferos.
  2. 02El oso polar aguanta el frío gracias a una capa de grasa subcutánea de varios centímetros de grosor, un pelaje que atrapa calor por infrarrojo y un metabolismo lipídico extremo (LDL crónicamente alto).
  3. 03Un estudio de 2014 con 89 genomas completos de oso polar y oso pardo mostró que 9 de los 16 genes bajo selección positiva más intensa están ligados a cardiopatía y enfermedad vascular, una reorganización cardiovascular.
  4. 04Las proteínas anticongelantes reales (las glucoproteínas AFGP de los nototénidos) bajan el punto de congelación de los fluidos del pez por debajo del del agua de mar: ese es el truco que el oso polar no tiene.
  5. 05El oso polar sirve de modelo para biomateriales ópticos, no para fármacos: lo que enseña es qué preguntas hacerse, no qué molécula copiar.

La pregunta de cómo aguanta el oso polar el frío suele responderse con una idea convincente: su sangre lleva proteínas anticongelantes que evitan que se formen cristales de hielo dentro del cuerpo. Es uno de los mitos más repetidos sobre la fauna polar. Sin embargo, es falso: no hay un solo estudio que haya aislado proteínas anticongelantes, las llamadas AFP y AFGP, en la sangre de un mamífero, ni en la del oso polar, el reno o la foca. Quien sí las tiene es un pez que vive al otro lado del planeta, en el océano Antártico.

Este explicador aclara qué aguanta realmente el oso polar cuando el termómetro cae a temperaturas bajo cero extremas, qué dice su genoma sobre esa vida extrema y dónde están las proteínas anticongelantes que sí existen en la naturaleza.

Por qué se repite el mito del oso polar anticongelante

La confusión mezcla dos hallazgos reales que ocurren en sitios distintos.

Por un lado está el oso polar (Ursus maritimus), un mamífero terrestre que caza focas sobre el hielo marino del Ártico. Por otro, los peces nototénidos que dominan las aguas antárticas, entre ellos los peces de hielo de la familia Channichthyidae, donde se aislaron por primera vez las glucoproteínas anticongelantes (AFGP) en los años setenta.

Cuando se cuenta lo segundo («hay peces que no se congelan en agua a -1,8 °C gracias a unas proteínas especiales»), el eco en divulgación termina uniendo la frase al mamífero más fotogénico del Polo Norte. El resultado es la versión híbrida que muchos hemos oído: «los osos polares tienen proteínas anticongelantes en la sangre».

Quien busca fuentes primarias lo comprueba rápido. Una revisión de 2015 sobre los nototénidos describe las AFGP como una innovación de ese linaje de peces, sin equivalentes en mamíferos (Eastman, J Exp Biol 2015). Lo mismo confirma una revisión de 2026 sobre fisiología de peces antárticos: las proteínas anticongelantes y la pérdida de hemoglobina en los peces de hielo son rasgos exclusivos de ese grupo (J Fish Biol 2026).

Que un mamífero no tenga AFGP no significa que esté mal adaptado. Significa que la naturaleza tiene más de una manera de resolver el mismo problema.

Corte esquemático del pelaje y la piel del oso polar: pelo hueco translúcido sobre piel negra, con flechas que muestran la luz solar entrando y el calor infrarrojo volviendo al cuerpo
Estructura de doble capa del pelaje: pelo hueco translúcido que deja pasar la luz visible hasta la piel negra, mientras atrapa el calor corporal en el infrarrojo cercano.

Cómo aguanta el oso polar el frío de verdad

El oso polar usa tres sistemas a la vez, ninguno bioquímico en sentido estricto.

El primero es la grasa subcutánea, que funciona como un abrigo de espuma sólida: muy mala conductora del calor. La piel negra bajo el pelo absorbe la radiación solar visible y la transforma en calor, igual que un panel. El pelo, hueco y translúcido, deja pasar esa luz hasta la piel y, además, atrapa el calor corporal en el infrarrojo cercano: cada pelo hueco se comporta como una fibra óptica que devuelve la radiación hacia el cuerpo. Un experimento de 2020 con membranas que imitan este pelaje midió cómo esa estructura de doble capa (piel negra + pelo reflectante) aprovecha mejor la luz solar que los aislantes clásicos (ACS Appl Mater Interfaces 2020).

El segundo sistema es cardiovascular. El oso polar conserva el calor central en torno a 37 °C incluso a temperaturas ambientales muy bajas gracias a una vasoconstricción periférica muy ajustada: recorta el flujo en patas y hocico para no perder calor por esas zonas.

Mantener ese motor a base de grasa hace que su colesterol LDL circulante sea crónicamente alto. En un humano, ese perfil sería una receta de infarto. En el oso polar, no.

Qué cambió su genoma para vivir en el Ártico

La respuesta está en uno de los estudios genómicos más claros sobre adaptación reciente en mamíferos. Liu y colaboradores secuenciaron 89 genomas completos de oso polar y oso pardo y compararon las regiones bajo selección positiva (Cell 2014).

Lo llamativo fue qué genes habían cambiado, no cuántos. De los 16 genes con mayor huella de selección positiva, nueve estaban relacionados con cardiomiopatía y enfermedad vascular. Es decir, el sistema cardiovascular del oso polar se ha reorganizado para gestionar un LDL crónicamente alto sin desarrollar atherosclerosis. APOB, el componente principal de las partículas LDL, es uno de los genes más claramente seleccionados.

Un trabajo posterior amplió la foto con 17 osos polares, 9 pardos y 2 negros (PNAS 2019). Encontró diferencias marcadas en el número de copia de genes entre las dos especies, sobre todo en receptores olfativos (que pierden copias, quizá porque el oso polar detecta pocas presas en un entorno muy uniforme) y en genes del metabolismo de ácidos grasos. La firma es inequívoca: el oso polar está optimizado para digerir grasa y para proteger su corazón al hacerlo.

Ninguna de estas adaptaciones se parece a las proteínas anticongelantes de los nototénidos. Son soluciones distintas al mismo problema físico.

Dónde sí hay proteínas anticongelantes (y qué hacen)

Volvemos al sur. Los nototénidos antárticos son una de las radiaciones evolutivas más espectaculares de los océanos: unas 130 especies que dominan la plataforma continental del Antártico. Evolucionaron aislados en aguas a -1,8 °C durante millones de años (J Exp Biol 2015).

Sus glucoproteínas anticongelantes (AFGP) son proteínas pequeñas y repetitivas que se unen a los cristales de hielo en formación y los bloquean. El efecto no es elevar mucho el punto de congelación, sino impedir el crecimiento de los cristales que ya se han nucleado, un fenómeno llamado histéresis térmica. En la práctica, los fluidos del pez se pueden enfriar por debajo del punto del agua de mar sin que se formen cristales dañinos.

En el mismo grupo, los peces de hielo (familia Channichthyidae) han hecho algo todavía más raro: han perdido la expresión de hemoglobina. Su sangre es casi translúcida. Oxigenan los tejidos con el plasma y con una piel muy vascularizada. Es una demostración extrema de hasta dónde puede llegar la especialización cuando un linaje se queda aislado en un ambiente estable.

Qué nos enseña el oso polar (y qué no)

Si buscas un fármaco inspirado en la sangre del oso polar, esa puerta está cerrada: no hay proteína anticongelante que copiar. Lo que sí hay son dos lecciones interesantes.

La primera es sobre estructura, no bioquímica. El pelaje del oso polar inspira ya textiles que, con dos capas finas, calientan el cuerpo humano más que un algodón 30 % más pesado bajo la misma iluminación (ACS Appl Mater Interfaces 2023). Es aplicación inmediata, sin pasar por fármacos.

La segunda es conceptual. Averiguar exactamente qué variantes del gen APOB y de los genes de cardiomiopatía usan para conseguirlo es una pregunta abierta y útil. Pero entenderlo requiere estudiar al oso, no inyectarse su sangre ni comerse sus mollejas.

Como con el ratón espinoso que regenera piel sin cicatriz, los tiburones de Groenlandia que empaquetan su ADN de forma estable o los peces de hielo sin hemoglobina, lo que estos animales enseñan es qué preguntas hacerse. La utilidad está en la pregunta, no en una molécula milagrosa que ya está en el mercado.

Compartir

Fuentes

6 referencias
  1. [1]
  2. [2]
    Polar bear evolution is marked by rapid changes in gene copy number in response to dietary shift · Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS) · 2019 · pubmed.ncbi.nlm.nih.gov
  3. [3]
  4. [4]
    Adaptation to extreme environments: A review of Antarctic fish physiology · Journal of Fish Biology · 2026 · pubmed.ncbi.nlm.nih.gov
  5. [5]
    Laminated Fibrous Membrane Inspired by Polar Bear Pelt for Outdoor Personal Radiation Management · ACS Applied Materials & Interfaces · 2020 · pubmed.ncbi.nlm.nih.gov
  6. [6]
    Solar Thermal Textiles for On-Body Radiative Energy Collection Inspired by Polar Animals · ACS Applied Materials & Interfaces · 2023 · pubmed.ncbi.nlm.nih.gov

Preguntas frecuentes

4
¿Tiene el oso polar proteínas anticongelantes en la sangre?
No. Esa es una confusión frecuente. Las proteínas anticongelantes (AFP y AFGP) se han descrito en peces antárticos, en algunos insectos y en bacterias, pero no en la sangre de mamíferos. Los osos polares no necesitan esa herramienta porque se defienden del frío con aislamiento físico.
¿Cómo aguanta el oso polar temperaturas bajo cero extremas?
Con tres capas que actúan a la vez: una grasa subcutánea de varios centímetros de grosor que aísla, un pelaje hueco que refleja el calor corporal en infrarrojo y absorbe la radiación solar visible, y un metabolismo capaz de digerir grasa y mantener la temperatura central en torno a 37 °C incluso en reposo.
¿Dónde sí existen proteínas anticongelantes en la naturaleza?
En los peces nototénidos de la Antártida (como el pez de hielo, familia Channichthyidae). Estas glucoproteínas AFGP bajan el punto de congelación de sus fluidos por debajo del del agua de mar, lo que les permite vivir en agua bajo cero sin formar cristales de hielo en la sangre.
¿Se está intentando usar estas proteínas en medicina?
Sí, pero no en personas: como crioprotector en la conservación de órganos para trasplante, en alimentos congelados y en cosmética. Ningún fármaco inspirado en AFP de peces ha llegado a la clínica, así que de momento la traducción más útil es industrial, no médica.

Sigue leyendo

Más de Ciencia