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Salud y Ciencia

Descubrimientos7 min de lectura

El genoma de la tortuga gigante Jonathan conserva sus genes a los 194 años

Solo hay dos genomas de tortugas gigantes secuenciados: Lonesome George (2018) abrió la puerta, Jonathan (2026) muestra qué pasa dentro a los 194 años.

Revisión editorial

Revisado por el equipo de revisión de Salud y Ciencia.

Fechas

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Detalle del caparazón de una tortuga gigante con escudos hexagonales erosionados bajo luz cálida
Detalle del caparazón de una tortuga gigante con escudos hexagonales erosionados bajo luz cálida

En resumen7 claves

  1. 01Solo hay dos genomas completos de tortugas gigantes publicados: el de Lonesome George en Nature Ecology & Evolution (2018) y el de Jonathan en Science Advances (2026).
  2. 02El genoma de Lonesome George detectó variantes en genes de reparación del ADN, inflamación y desarrollo tumoral al compararlo con especies más cortas.
  3. 03El de Jonathan añade el metiloma: a los 194 años mantiene baja la entropía de metilación en promotores de genes mitocondriales y de procesamiento del ARN.
  4. 04La entropía que miden los autores no es lo mismo que el reloj epigenético de Horvath: el reloj promedia 353 CpG para asignar una edad biológica, la entropía mide cuántas de esas posiciones siguen «seguras» de su estado, cuántas se han vuelto monedas al aire.
  5. 05El propio paper de Jonathan incluye como coautor a Steve Horvath (UCLA), desarrollador del reloj epigenético; un trabajo de su grupo en 2019 ya mostró que esos 353 CpG son los de mayor entropía de Shannon del genoma.
  6. 06Los dos trabajos convergen en reparación del ADN y vigilancia antitumoral, pero Jonathan introduce la idea de que la estabilidad de la cromatina es la pieza que sostiene al conjunto.
  7. 07Ninguno de los dos estudios se traduce en terapia humana: son pistas moleculares, no dianas farmacológicas aprobadas.

Por qué solo hay dos genomas de tortugas gigantes

Secuenciar un genoma animal entero costaba millones de dólares y meses de trabajo hasta hace poco. Hoy es cuestión de semanas y de un presupuesto mucho más modesto, pero sigue siendo raro para animales longevos salvajes. Suelen vivir lejos, en grupos pequeños, y acceder a muestras de calidad no es fácil. Por eso en casi una década solo se han publicado dos genomas de tortugas gigantes: el de Lonesome George en Nature Ecology & Evolution (2018) y el de Jonathan en Science Advances (2026). Los dos son las únicas ventanas moleculares de detalle que tenemos a la longevidad extrema de los quelonios (el grupo de las tortugas), y compararlos es una forma de ver qué se ha afinado en la pregunta en siete años.

Lonesome George fue el último ejemplar de Chelonoidis abingdonii, la tortuga gigante de la isla Pinta, en Galápagos. Vivió más de 100 años en el parque de la isla Santa Cruz hasta su muerte en 2012. Jonathan, en cambio, es una tortuga de Aldabra (Aldabrachelys gigantea) que sigue vivo en la isla de Santa Elena. Según los registros fotográficos, tiene alrededor de 194 años. Pertenecen a géneros distintos y proceden de océanos distintos. Lo que las une es haber sido secuenciadas.

Qué encontró el genoma de Lonesome George en 2018

El equipo que publicó Lonesome George (Quesada et al., 2018) comparó su genoma con el de la tortuga de Aldabra y con los de especies de vida más corta. La idea era directa: si las tortugas gigantes viven 150 años o más y un ratón vive cuatro, sus genomas deberían marcar la diferencia. La comparación detectó variantes específicas de linaje (cambios que solo aparecen en estas tortugas, no en sus parientes más breves) en tres familias de genes.

  • Reparación del ADN. La tortuga gigante parece tener versiones afinadas de las proteínas que detectan y corrigen daños en el genoma. Es un patrón recurrente en especies longevas como la rata topo desnuda, el tiburón de Groenlandia, que vive 400 años y, ahora, las tortugas gigantes.
  • Inflamación. Los autores observaron cambios en mediadores inmunitarios, en línea con la idea de que el envejecimiento también se sostiene sobre una inflamación crónica de bajo nivel.
  • Vigilancia antitumoral. Aparecieron variantes en genes supresores de tumores que, sobre el papel, podrían explicar la paradoja de Peto: por qué un animal con muchísimas más células y divisiones a lo largo de su vida no desarrolla proporcionalmente más cáncer.

Era un mapa, no un termómetro.

Qué añade el genoma de Jonathan en 2026

El equipo de Vanderbilt Health (Smolentsev et al., 2026) dio el siguiente paso. Secuenció el genoma de Jonathan y, además, su metiloma: la colección de marcas químicas, llamadas metilos, que regulan si un gen se enciende o se apaga. La comparación ya no fue solo entre especies, sino entre edades: compararon a Jonathan con otras cuatro tortugas de Aldabra, desde una cría de 5 años hasta adultos mayores.

El hallazgo principal no fue un gen nuevo, sino un patrón de orden. Los autores introdujeron una medida, la «entropía de metilación», que indica cuánto se ha desordenado el patrón de metilación con los años. En la mayoría de los tejidos, esa entropía sube al envejecer, y se ha asociado a mayor riesgo de cáncer, alzhéimer y mortalidad general. En Jonathan se mantenía sorprendentemente baja en los promotores (los interruptores) de dos grupos de genes: los de la cadena de transporte de electrones en la mitocondria (la maquinaria que produce energía dentro de la célula) y los del procesamiento del ARN mensajero, la fase en la que la célula recorta y pega los mensajes que salen del ADN para fabricar proteínas. Esto conecta con lo que se sabe del reloj epigenético en la rata topo desnuda, que también corre más despacio.

El equipo también confirmó algo que ya sospechaba el de 2018: Jonathan tiene variantes únicas en vías de reparación del ADN, en telómeros y en genes supresores de tumores. La novedad es que esas variantes se acompañan de una cromatina (la estructura que empaqueta el ADN) ordenada. La hipótesis que plantean es que mantener el orden de los interruptores es lo que permite que las demás piezas (reparación, vigilancia antitumoral, producción de energía) sigan funcionando a los 194 años.

Entropía de metilación y reloj de Horvath: la pieza complementaria

La entropía de metilación no es lo mismo que el reloj epigenético, aunque a veces se confundan. Conviene separarlos para entender qué aporta el trabajo de Jonathan.

El reloj de Horvath asigna una edad biológica predicha a partir de la metilación media en 353 posiciones CpG del ADN. Le das una muestra y te devuelve una estimación de edad biológica. La entropía, en cambio, se apoya en la fórmula de Shannon, la misma que mide el desorden de la información desde los años cuarenta. Aplica esa idea a cada CpG: en vez de dos estados, metilado o no metilado, las células pueden leer tres, metilado, no metilado o lectura parcial. Si el 95 % de las lecturas apuntan a «metilado», la posición está ordenada, con entropía baja. Si la mitad dice una cosa y la mitad la opuesta, esa posición es una moneda al aire, con entropía alta. Con la edad, cada vez más posiciones se vuelven monedas al aire. La entropía sube.

El detalle relevante: el propio paper de Jonathan incluye como coautor a Steve Horvath (UCLA), desarrollador del reloj. Su presencia no es decorativa. Un trabajo previo de su grupo, publicado en Genome Biology en 2019, demostró que esos 353 CpG del reloj son, precisamente, las posiciones con mayor entropía de Shannon del genoma: las que más se desordenan al envejecer. El reloj lee justo las partes más ruidosas; la entropía lee el conjunto para detectar las que conservan orden. Son dos ventanas que se complementan.

El reloj epigenético de Horvath estima una edad biológica a partir de 353 posiciones de metilación. La entropía de metilación pregunta «cuánto de tu información sigue ordenada» leyendo todas a la vez.

Esto abre una vía de investigación que ya está en marcha. El propio equipo de Horvath ha mostrado en eLife (2022) que, en ratones de la familia BXD, la dieta alta en grasas acelera la entropía epigenética y que las cepas más longevas son las que la mantienen más baja a una edad dada. La Fundación Kallel, que financia el estudio de Jonathan, ha anunciado planes para extender la medida a la sangre y a otras especies longevas como el tiburón de Groenlandia. Si la firma de orden se confirma, tendremos por primera vez una lectura molecular del «sigue ordenado» que no dependa de correlaciones con enfermedades ni de estimaciones poblacionales.

La diferencia práctica para un lector es clara: el reloj epigenético se usa ya como biomarcador de edad biológica en personas; la entropía de metilación es todavía una herramienta de investigación, no una prueba diagnóstica. Ningún fármaco actual está diseñado para reducirla.

Dónde convergen y dónde se contradicen

Los dos estudios coinciden en lo fundamental. Las tortugas gigantes no han inventado un gen nuevo para vivir tanto. Lo que han hecho es ajustar genes que ya existían, sobre todo en reparación del ADN y en supresión tumoral. Esa es la misma firma que se ha visto en la rata topo desnuda, en los murciélagos Myotis y en el tiburón de Groenlandia. La repetición del patrón en linajes tan distintos sugiere que la longevidad extrema en vertebrados no se sostiene en una sola pieza, sino en una constelación.

La diferencia entre 2018 y 2026 es dónde ponen el acento. El trabajo de Lonesome George apuntaba más a variantes genéticas; el de Jonathan, a la regulación. Son complementarios más que contradictorios. Variantes raras que aparecen en genes concretos solo se traducen en longevidad si la célula las lee correctamente, y la metilación decide en gran medida esa lectura. Por eso tener una cromatina ordenada podría ser el pegamento que une reparación, vigilancia antitumoral y producción de energía. Los 353 CpG que Horvath seleccionó para su reloj son, además, los más desordenados del genoma: esa es la pista molecular que justifica añadir una segunda medida, la entropía, para saber qué se conserva.

Hay un límite importante que los dos trabajos comparten. Las muestras de Jonathan vienen de un raspado de la mucosa de la mejilla, no de sangre ni de otros tejidos, y el equipo lo advierte. Comparar un solo animal muy viejo con cuatro más jóvenes permite generar hipótesis, no probar mecanismos.

Lo que aún no sabemos

Falta por contestar si ese orden epigenético es causa de la longevidad de Jonathan o una consecuencia de tener una biología que envejece más despacio. Tampoco sabemos si la tortuga de Aldabra envejece así porque estos mecanismos llevan millones de años en su genoma, o si se trata de una rareza individual de Jonathan. Queda por delante la pregunta práctica: si alguno de estos patrones se puede llevar a personas. Hoy no hay ningún ensayo clínico en marcha basado en los genomas de Lonesome George o de Jonathan. Son pistas moleculares, no dianas listas para probar en farmacia.

La pieza que falta por cerrar es independiente del fármaco: necesitamos saber si la entropía baja se mantiene en sangre (donde el ADN está más completo) y si aparece en otras especies longevas. Mientras no se publique esa validación, la firma de Jonathan seguirá siendo la observación fascinante de un solo animal, y eso, en ciencia, no es un resultado: es el principio de una pregunta.

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Fuentes

4 referencias
  1. [1]
  2. [2]
    Giant tortoise genomes provide insights into longevity and age-related disease · Nature Ecology & Evolution · 2018 · nature.com
  3. [3]
  4. [4]

Preguntas frecuentes

6
¿Quién era Lonesome George y por qué importa su genoma?
Era el último Chelonoidis abingdonii, una tortuga gigante de la isla Pinta en Galápagos. Murió en 2012 sin descendencia y se convirtió en símbolo de la pérdida de biodiversidad. Su genoma, publicado en 2018, fue el primero de una tortuga gigante y permitió comparar la especie con parientes de vida más corta.
¿Por qué se ha secuenciado a Jonathan y no a otra tortuga vieja?
Porque Jonathan, una tortuga de Aldabra de unos 194 años que vive en la isla de Santa Elena, es el animal terrestre más viejo del que se tiene registro. Su genoma y su metiloma son la mejor ventana a qué se mantiene en biología a esa edad.
¿Qué es la entropía de metilación que aparece en el estudio de Jonathan?
Es una medida del desorden en las marcas químicas (metilos) que regulan si un gen se enciende o se apaga. Técnicamente se calcula con la fórmula de Shannon sobre las tres lecturas posibles de un CpG: metilado, no metilado o lectura parcial. Cuando esa entropía sube con la edad, la regulación se vuelve ruidosa. En Jonathan se mantiene baja precisamente en los promotores de genes de mitocondrias y procesamiento de ARN.
¿En qué se diferencia la entropía de metilación del reloj epigenético de Horvath?
El reloj epigenético suma metilación media en 353 CpG concretos y devuelve una edad biológica predicha. La entropía mira todas las posiciones a la vez y mide cuántas están claramente inclinadas hacia un estado y cuántas se han vuelto monedas al aire. Un reloj puede estar alto con entropía baja, y al revés. Son dos ventanas al mismo epigenoma: una cronometra, la otra fotografía el orden.
¿Qué tiene que ver esto con el cáncer o con el alzhéimer humano?
Las mismas rutas de reparación del ADN y vigilancia antitumoral que aparecen alteradas en las tortugas gigantes son dianas conocidas de fármacos oncológicos. Pero ningún ensayo clínico ha intentado replicar en personas los patrones observados en Lonesome George o Jonathan. Es investigación básica, no transferencia clínica.
¿Hay algún fármaco derivado de estos genomas?
No. Ambos trabajos son genómica comparada: identifican qué genes han cambiado en especies muy longevas, pero no producen moléculas nuevas ni dianas listas para probar en personas.

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